Apetece más expansión del conocimiento queer
- 2 jun 2021
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Actualizado: 22 jun 2021

Recuerdo mi infancia con muchas preguntas y pocas respuestas. Después de todo, habité un contexto sociocultural en el que no encontraba cabida, puesto que aquello que comenzaba a descubrir en mí, pertenecía al círculo de cosas de las que no se hablan —y de lo que no se habla, no existe—.
Mis principales pilares educativos (familia, escuela e Iglesia) nunca me mostraron otro modelo que difiriera al tradicional cisgénero heterosexual. No obstante, en el imaginario visual de mi infancia, dicho modelo fue una representación que nada más no empataba, por algo sospechaba que alguna otra cosa tendría que haber.
No fue hasta la primaria que, en las burlas de los rufianes, que tenía por compañeros, encontré palabras que me obligarían a ocultar una evidente realidad: la de ser maricón. Y aunque desconociera del significado; la forma despectiva con la que me lo decían y el resultado anímico que provocaba en mí, fueron motivos suficientes para interpretar la gravedad que entre sus letras escondía.
Ante la ausencia de una figura educativa que pudiera guiarme en el desconocido panorama queer; mi primera y única opción para abordar el escabroso término fue el internet. En ese entonces (principios del 2000), las plataformas digitales eran algo diferentes a las de la actualidad, pues hoy por hoy se ha logrado configurar un espacio más informativo y reivindicativo.
Pero bueno, el punto es que la primera vez que tecleé en el buscador gay, a eso de los ocho, los resultados que obtuve de Google no fueron para nada aquello que esperaba; en comparación a las múltiples referencias con mayor sustancia que un niño o niña podría encontrar sobre el tema en la actualidad, en su lugar, yo encontré una ristra de enlaces a páginas pornográficas que limitaban la experiencia homosexual a la del falo. A la mera experiencia de la carne.
Afortunadamente, la cosa ha mejorado ante la apertura de entradas sobre conceptos LGBTQ+ en diccionarios especializados, artículos académicos y de divulgación que promueven el diálogo con lo queer, podcast que no se tientan el corazón para hablar desde la periferia, incluso las referencias de la cultura pop cristalizadas en películas, videos, canciones y otros formatos, gestan un contraste que permite vislumbrar el avance respecto al reconocimiento de las identidades que escapan de la norma cis-heterosexual.
Tuvieron que transcurrir unos cuantos años más, para que la limitada representación con la que se concebía a toda aquella diferencia sexual cambiara, se nutriera y permitiera la apertura a un diálogo más profundo, más humano. Las nuevas generaciones cuentan con un privilegio del que muchas personas en el pasado no gozamos, sin embargo, también es responsabilidad de las voces de la subalternidad deconstruir el pasado que las estructuró, redefinir el camino que les procede y lo más importante, compartir el conocimiento; la experiencia de encontrarle sentido a nuestra existencia desde el cuestionamiento, la auto crítica y el acto de hacer magia con ello.
Al menos, yo quiero un mundo en el que las identidades infantiles tengan la oportunidad de informarse objetivamente sobre temas que son totalmente válidos y normales con quienes se supone deberían educarse.




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