Tengo en mi espíritu una llama
- 28 jun 2021
- 3 min de lectura
Actualizado: 13 jul 2021

El otro día en mi trabajo, una compañera me pidió que le revisara un copy que redactó respecto a la conmemoración del Día del Orgullo en los medios de la Compañía para la que trabajamos. A primaria instancia, el texto me pareció somero, pues formulaba el mismo mensaje genérico que uno se encuentra en cualquier otro espacio en el que se busca mencionar a la diferencia, nada más por el hecho de que es parte de la agenda actual, sin intentar el mínimo esfuerzo por encontrar en sus raíces el valor e importancia que guarda.
La cosa no quedó ahí, pues me comentó que nuestro diseñador gráfico le sugirió agregar la referencia de los Disturbios de Stonewall para complementar la nota y que, por lo menos el hueso se viera con más carnita. Lastimosamente, ella eligió no tomar la sugerencia porque pues ¿qué hizo ese señor?, ni quien se acuerde de él…
¿Y yo? Pero, por supuesto que atacadísimo. Me tomó poco más del minuto explicarle mediante una nota de voz que Don Stonewall en realidad no fue un señorcito, sino el resultado del hartazgo de la comunidad ante la violencia estructural que sufría por parte de los policías, la prensa y la sociedad en general.
—Jajajaj todo el podcast —recibí por respuesta.
Tras esto, logré percibir una energía en mi pecho, la misma que seguramente inundó a Stormé DeLarverie, Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera; a Nancy Cárdenas y Carlos Monsiváis; y a muchas otras identidades que sintieron la necesidad de sacudir su entorno para enunciar nuestras realidades.
No por nada, el movimiento estalla como una bomba en 1969 cuando una redada policiaca invadió el bar Stonewall y se vio superada ante la fuerza y número de los queer que se empoderaron al ver cómo Stormé DeLarverie, una lesbiana butch, evadió el arresto para enfrentar el abuso del que solían ser víctimas.
Al suceso se le sumaron Marsha P. Johnson (mujer trans afrodescendiente) junto con Silvia Rivera (mujer trans latina), que se convirtieron en pilares del movimiento al hacer frente a la redada de popos, guiar la protesta contigua y posteriormente abogar por las causas de la comunidad: salvaguardar a las personas LGBTQ+ en situación de calle, hacer frente a la lucha contra las ETS y visibilizar a las mujeres trans.
La misma Sylvia Rivera manifestó este fervor en 1973 con su encarnecido discurso Y’all Better Quiet Down en el que denunció a los homosexuales blancos por quedarse con el privilegio y permitir la marginalización de quienes dieron apertura a la revolución sexual desde el inicio: las mujeres trans y lesbianas, los afrodescendientes, latinos y travestis; los extremos más alejados del canon blanco heteropatriarcal binario.
Incluso en mi país, el hervor por reivindicar al colectivo comienza a florecer de la mano de Nancy Cárdenas, escritora lesbiana, que en 1973 se aventó a salir del clóset en la televisión de un país súper machista y persignado como es México, tras exponer sobre los derechos que les corresponden a las personas fuera de la norma heterosexual. Ese fue sólo el inicio, puesto que años después redactó junto con Carlos Monsiváis, el primer manifiesto que veló por la dignidad de las minorías sexuales y que fue elemento clave para que la primera Marcha del movimiento lésbico-gay en la Ciudad de México tuviera lugar en 1979.
A partir de los comentarios de mi compañera, que estoy seguro nacen desde la ignorancia y no de una postura de burla u odio, me enfrento a la dura realidad en donde la diversidad sexual para el público en general (en su mayoría de los casos) se delimita a brindar unas palabras de aliento acompañadas de una bonita representación del arcoíris, sin permitirse siquiera conocer las historias, experiencias y voces que nos conforman, ante el miedo a soltar el privilegio del que el patriarcado les ha hecho cómplices. Y desgraciadamente, la ignorancia invisibilidad, violenta y mata.
Entonces, logro entender el ímpetu que resguardo, y en la necesidad que tengo de abogar por mi gente, me encuentro con el fuego que Stormé, Marsha, Sylvia, Nancy, Carlos y muchos más han pasado de generación en generación con el fin de validar nuestra existencia, de reconfigurar nuestra realidad.
Tengo en mi espíritu una llama para hacer de ella una antorcha y así compartir la luz con los demás.


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