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Visibilidad

  • 21 sept 2021
  • 2 min de lectura

Actualizado: 23 sept 2021


Durante la planeación del blog para los siguientes meses, decidí alinear los objetivos de mi plataforma a la dirección de fechas relativas al desarrollo histórico y social de la comunidad LGBTQ+, con ello enmarcar las realidades que por mucho tiempo no se les había volteado a ver. Mantener esta perspectiva en el radar me permitió identificar muchos aspectos que, desde mi educación como hombre cisgénero homosexual, no había tenido la oportunidad de conocer, reflexionar y/o valorar. Tal fue el caso del Día Internacional de la Bisexualidad, conmemoración que no ha gozado de tanta vocalización en comparación a otras efemérides de la agenda queer.

Las primeras cuestiones me generaron un poco de nervios al plantear mi participación en la enunciación de un suceso tan necesario como relevante: ¿Es válido que un individuo que se define como gay pueda reflexionar sobre la bisexualidad? ¿e intentar dialogar?; Desde mi trinchera ¿cuál puede ser el aporte que me corresponde? Incluso temí meter la pata, porque al final del día, la información con la que crecí fue limitada, y peor aún, enunciada por una narrativa antropocéntrica binaria.

No me quise densear, pues alguna forma de participar tendría que encontrar. Entonces me dirigí justo al corazón de la bisexualidad al acercarme a personas allegadas que se definen como parte de dicha comunidad, para así conocer de primera mano las experiencias que les han configurado. Y así tener la oportunidad de colocar un nombre, una historia y un rostro a lo que por mucho tiempo (al menos para mí) había sido reducido a una simple situación binaria sesgada a lo sexual; la persona que gusta tanto del sexo opuesto como del propio también.

Comentaba un amigo que, en estos momentos de su vida la atracción por otros hombres predominaba sobre las mujeres, pero no descartaba que en un futuro sus gustos/necesidades fluyeran y las posiciones se invirtieran; otro chico decidió brindarme su perspectiva respecto a los prejuicios a los que se había enfrentado con su ex novia ante la ambivalencia sexual que un bi puede tener respecto a sus preferencias, como si su existencia se limitara a los roles y experiencias en la cama.

En estos dos breves ejemplos, si algo logré empatar, es que el concepto que se nos ha enseñado no alcanza a mesurar la fluctuación que caracteriza a la sexualidad, las implicaciones sexo afectivas que le corresponden y la distorsión que invalida las realidades bi a consecuencia de las ideas erróneas sobre el tema. ¿Qué otras experiencias más nos estamos perdiendo de conocer y vivir?

Respuesta que sólo puede ser contestada en la medida que las propias personas bisexuales enuncien en la sociedad lo necesario que es la identificación de los procesos de construcción de identidad a partir de sus narrativas de vida; mientras se tome en cuenta que no hay una sola manera de vivir dicha orientación sexual y que esta misma es resultado de un proceso individual, por lo que nadie más tiene el derecho de aseverar ni invalidar las percepciones ajenas.



 
 
 

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